8493# La clave de una vida feliz

Una mañana cualquiera en el centro de Montevideo puede convertirse fácilmente en un test de supervivencia psiquiátrica. Entre ómnibus hiperconectados donde la intimidad es un mito, odiseas para comprar un electrodoméstico y una vejiga al borde del colapso institucional, este relato es un recorrido por el absurdo de la vida moderna. Una crónica sin moralejas ni solemnidad, donde el humor ácido nace de mirarnos de frente y reírnos —por fin— de nuestras propias torpezas cotidianas.

Alejandro Borges

8/27/20266 min read

Hola amigos. Como les he comunicado hace algunas semanas, decidí comenzar a compartir por esta vía experiencias de vida cotidianas, reflexiones y vivencias de esta etapa de la vida que estoy transcurriendo. Nada más lejano a filosofar, a dar clases de vida ni pretender trasmitir "enseñanzas". Solo son reflexiones, hechos o cuestiones que como observador de la sociedad y las relaciones humanas me gusta compartir. El afán es muy sencillo: invitar a la reflexión y en algunos casos provocar alguna sonrisa, como en la historia de hoy. Les aseguro que lo que he transformado en un cuento, tiene más de un 90 por ciento de realidad. Espero que lo disfruten.

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La clave de una vida feliz


El centro de Montevideo a mediodía no es un lugar geográfico; es un test de resistencia psiquiátrica que las autoridades sanitarias prefieren ignorar. Decidí no usar el auto, un acto de fe cívica que el sistema castiga de inmediato. Me subí a un ómnibus eléctrico de última generación: silencioso, impoluto, con cero intimidad y tan solo siete pasajeros.

A tres asientos de distancia, una mujer mantenía —vía WhatsApp, aprovechando la conexión gratis del bus— una charla de altísima tensión sobre la supuesta infidelidad de su nuera. Del otro lado del ciberespacio respondía su amiga Noemí. No cabía duda, porque cada mensaje comenzaba con la misma letanía:

—Vos me conocés, Noemí...

El problema no era el espionaje doméstico, sino la física aplicada. La pasajera —Ana, según nos enteramos gracias a la interlocutora— se acercaba el celular a la oreja y lo colocaba de forma perfectamente perpendicular para escuchar las respuestas, activando el altavoz del aparato con una inocencia temible.

—Vos me conocés, Noemí, y sabés que no hablo por hablar. ¡Te digo que la vi a los arrumacos en el estacionamiento de su edificio! —vociferaba la señora con la naturalidad de quien transmite el parte meteorológico.

Y las respuestas de Noemí, nítidas, metálicas y amplificadas por la acústica perfecta del coche eléctrico, retumbaban en el techo lustroso, apenas interrumpidas por la voz sintética que anunciaba la siguiente parada.

—¿Estás segura, Ana? ¿Con el pelado de la inmobiliaria? Pero si es como veinte años mayor que ella.

Era una escena salida de The Office, pero sin guionista ni corte de edición. Los siete pasajeros éramos rehenes mudos de un drama ajeno, mirando al frente con esa rigidez uruguaya que prefiere la muerte antes que toserle a un desconocido, pero con las orejas paradas como radares militares.

Del otro lado de la comunicación, Noemí dictaba sentencia:
—Lo que tenés que hacer, Ana querida, es aprovecharte de la tecnología. No cuentes. Mostrá. Usá ese celular nuevo y, cuando la vuelvas a pescar con el pelado, grabalos.

Ana respondió con firmeza:
—Vos me conocés, Noemí, y sabés que soy muy capaz de hacerlo. Es increíble lo que se puede hacer con estas nuevas tecnologías, dijo.

Me bajé a cinco cuadras del comercio al que iba con una misión precisa: comprar un televisor de 65 pulgadas, último modelo, para mi hijo menor que abandona el nido y se va a vivir con la novia. La atención se demoró por un hombre de unos sesenta años que discutía con una vendedora joven que intentaba explicarle las prestaciones del aparato. El problema no era la resolución 4K, sino la logística terrestre. El cliente no entendía bajo ningún concepto cómo ir a retirar el aparato al depósito, ubicado a pocas cuadras.

—Vea, señor, tenemos una app para promocionar los productos y allí figura la dirección exacta —le decía la chica, perdiendo la paciencia en cámara lenta—. Mantenga el dedo apretado en el enlace y el mapa lo lleva solo.

El hombre la miró con la desesperación de un náufrago y suplicó por un mapa de papel como si estuviéramos en 1810. Vencida por la realidad, la vendedora arrancó una hoja de una pequeña libreta y "dibujó" el camino a mano alzada.

—Mire: dos cuadras a la derecha, una a la izquierda y a media cuadra, acera norte, —acotó señalando con la birome— va a ver el cartel de nuestro depósito.

El cliente puso cara de iluminación mística.
—Vio que no era tan difícil. Deberían tener mapas impresos. Les regalo la idea —lanzó con suficiencia mientras se daba media vuelta.

Dio dos pasos, clavó los ojos en el papel y, al leer las palabras "acera norte", frenó en seco, giró sobre sus talones y disparó:
—Una pregunta... ¿la acera norte es la de la derecha o la de la izquierda?

Una vez comprado el televisor y acordada la entrega, salí directo a la parada, pero mi vejiga decidió convocar una asamblea extraordinaria. Sufro de cistitis; para mí, la urgencia miccional no es una molestia, es una cuenta regresiva cronometrada por terroristas.

Recordé que cerca de ahí había un baño público gratuito. Llegué desesperado, apoyé la mano en el botón y... nada. Al mirar el visor digital me encontré con una absurda cuenta regresiva: Se habilitará en 22 h 52 m 40 s. Como si fuera a estallar una planta nuclear, el numerito cambiaba cada diez segundos en una burla sutil de la administración municipal.

Recurrí entonces al salvavidas clásico: una cadena internacional de comida rápida. Estaba a una cuadra. Aceleré el paso con la elegancia de un pingüino con cólico renal y me topé con una cerradura digital digna del Pentágono. Un cartel rezaba: Utilice los últimos cuatro dígitos de su ticket para ingresar.

Bajé la escalera a los tumbos y me formé en la caja a comprar cualquier cosa solo para obtener el bendito ticket. El sistema, por supuesto, estaba colapsado. Delante mío, el que aguardaba por ser atendido era un hombre que aprovechaba el tiempo para hablar por celular sobre una cotización de cinco coches de alquiler de alta gama. Cuando la pantalla volvió a la vida, el tipo decidió que era el momento perfecto para pedir una boleta con RUT, dictando hasta el código postal de Las Piedras, para rematar con un: —Y sumame una hamburguesa con queso doble para festejar esta venta que acabo de hacer.

El destino puso luego en mi camino a una anciana indecisa sobre el tamaño de las papas fritas y su incidencia en los valores del colesterol. Una vez alcanzado el acuerdo con el cajero, terminó llamando a los gritos a su madre de unos cien años para dar el visto bueno. Antes de pagar, se tomó unos segundos más para decidir como pagar: débito, crédito o efectivo.

Llegó mi turno, pagué y supliqué por el código. El ticket no traía los números impresos. El cajero, con parsimonia de espía soviético, agarró un sello y estampó los cuatro números borrosos sobre el papel.

Subí volando, esquivando bandejas, e introduje la combinación en el teclado numérico, recordando la advertencia final del cajero: "No se olvide de agregar numeral al final".

Tecleé: 8493#. La puerta cedió. Gloria.

Cuando bajé ya liviano, una empleada muy amable me interceptó con una sonrisa radiante:
—Señor, disculpe, ¡no se olvide de su conito de dulce de leche!

Me lo entregó en la mano como un premio consuelo. Caminando hacia la parada, miré esa masa marrón que ya empezaba a escurrirse entre los dedos —el helado convertido en un líquido viscoso disfrazado de sólido— y lo arrojé sin dudar al primer cesto de basura. Me esperaba un viaje de una hora y la caminata de siete cuadras.

Hoy día, a mis años y con este panorama, uno ya no puede correr riesgos innecesarios con la vejiga ni con las ilusiones. Volví a la parada sintiendo el asfalto caliente de Montevideo, rodeado de gente que persigue zanahorias invisibles, comprando televisores que no saben trasladar y discutiendo sobre infidelidades en altavoz. Si esto es el sistema, lo único claro es que la clave para sobrevivir al absurdo diario siempre exige una buena dosis de paciencia, un par de reflejos rápidos y, sobre todo, acordarse de marcar numeral al final.

Esta historia es un ejemplo de los desafíos que abordamos constantemente en la vida: la lucha contra el ego, el peso de las decisiones difíciles y la necesidad de reconstruir para avanzar.

Si esta reflexión sobre la condición humana y la búsqueda de la autenticidad resonó contigo, te invito a adentrarte en mi primer libro.

En él, profundizo a través de catorce historias reales (ficcionadas para proteger la identidad de los protagonistas), donde la resiliencia es la única respuesta para avanzar cuando toca enfrentar decisiones que ponen a prueba nuestra esencia.

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