Borges, el sueño y el fusilamiento: Una absolución impuntual
Un manuscrito arrojado al aire como basura y una ejecución inminente bajo el sol de la mañana. Un relato sobre la vulnerabilidad del autor y esa absolución impuntual que solo llega cuando ya no importa.
Alejandro Borges
2/14/20263 min read


Palabras clave: Narrativa uruguaya contemporánea, Jorge Luis Borges ficción, realismo sucio, Escritor Resiliente, metaficción.
Nota de autor: A veces la ficción no se escribe, se padece. Este relato nació de un sueño vívido donde el apellido Borges dejó de ser una herencia para convertirse en un juez. Lo que sigue no es un homenaje, es el testimonio de una ejecución literaria.
La antesala era un túnel de luz blanca, casi clínica, y estática. El aire pesaba, cargado de ese olor a biblioteca vieja y humedad que suele acompañar a las sentencias definitivas. Dos bancos largos de madera, uno frente al otro, se estiraban contra las paredes hasta morir en una puerta doble de vidrios esmerilados. No había nadie más, salvo un amigo cuyo rostro no lograba precisar, pero su mano apretaba mi hombro con una insistencia rítmica, como tratando de bombearme un valor que se me escapaba por los poros.
Frente a mí, en diagonal, estaba él. Jorge Luis.
Llevaba su traje gris de siempre y esos zapatos negros de charol que brillaban con una luz propia y ofensiva. Estaba encorvado sobre mi manuscrito. La ceguera lo obligaba a acercar las hojas casi hasta la punta de su nariz, moviendo la cabeza de izquierda a derecha como si estuviera olfateando las palabras en lugar de leerlas. El silencio era una nube espesa. Yo sentía el latido de mi corazón en la garganta y un sudor frío que me bajaba por la espalda, recordándome mi propia fragilidad. Eran demasiadas hojas, pensé con un súbito terror. Tiempo más que necesario para que el maestro desnudara mi pobreza.
De pronto, el movimiento cesó.
—Basura —dijo él, sin levantar la vista.
Extendió el brazo al aire, buscando una mano que lo liberara de esa carga. Sus dedos largos y pálidos soltaron el papel como quien se sacude un bicho molesto.
El miedo, que hasta ese momento me había paralizado, mutó en una rebeldía eléctrica. Me descubrí pensando, con una sonrisa que nadie llamó: “A lo sumo me va a decir que se tiene o no se tiene, y que yo no lo tengo. Dale las gracias, Alejandro, y preguntale dónde guarda su tan merecido Nobel”. El humor fue mi último refugio contra el colapso.
Borges se puso de pie. Lo vi acercarse a mi amigo, ignorándolo como se ignora una baldosa rajada en la vereda.
—Me produce más atracción y misterio el agujero negro que deja un clavo que cayó de una pared tras habitar ese lugar durante años, que este amontonamiento de adjetivos —susurró con esa voz que parecía venir de un sótano antiguo.
De la nada, el tiempo se plegó. Al parpadear, el traje gris se disolvió en una silueta más joven. En el lugar de Borges estaba sentado mi hijo. Leía con un fervor que me infló el pecho de un orgullo doloroso. Pero la ilusión duró poco. Unas páginas más adelante, él también se rindió. Levantó la vista y su mirada franca, despojada de toda piedad filial, destilaba la misma cruda verdad que la del anciano.
La derrota fue total. Caminé de regreso por un corredor interminable. Borges, para mi sorpresa, iba tomado de mi brazo, apoyando su peso sobre mí. Sentí el contacto de su manga de lana fría. Justo antes de llegar al final, se inclinó hacia mi oído y me susurró:
—Tranquilo. Te perdono.
El absurdo de esa absolución me desorientó tanto que choqué de frente contra la puerta de vidrio. El impacto fue seco, sólido, real.
—¡Dale! ¡Arriba!
El golpe no fue contra el vidrio, sino un impacto seco en la base del cráneo. La antesala blanca desapareció bajo el gris de un patio de piedra. Un hombre con ojos encendidos que me miraban sin verme me sacudía con la punta del zapato mientras el sol de la mañana me quemaba los ojos.
—Tu hora ya llegó —dijo el verdugo, mirando su reloj—. Apurate, que después del fusilamiento tenemos que ir a desayunar y quiero comer los bizcochos calientes.
Me puse de pie, tambaleante. El manuscrito, Borges y el perdón ya no importaban. Solo importaba el olor a café que venía de la cocina y el brillo metálico de los caños que me esperaban bajo el cielo limpio.
Esta historia es el testimonio de una lucha que no termina en el papel: el juicio que enfrentamos frente a nuestros propios "gigantes" y la búsqueda de una voz propia entre los restos de lo que creemos ser.
Si este viaje entre el sueño y la vigilia, entre la crítica implacable y la redención, te hizo cuestionar tu propia mirada, te invito a conocer mi primer libro: "¿Qué harías? Historias reales, decisiones difíciles Vol. 1".
