De los lunares y el liderazgo: la trampa de los preconceptos
En este artículo, reflexiono sobre cómo la tendencia humana a anticipar tragedias y buscar el fracaso ajeno —una "táctica especulativa"— no solo nos afecta a nivel personal, sino que vicia profundamente nuestra capacidad de liderazgo. A partir de una experiencia médica sencilla, cuestiono el prejuicio con el que evaluamos el talento y explico por qué, como líderes, a menudo nos convertimos en el principal obstáculo para el éxito de quienes contratamos al buscar confirmar nuestras dudas en lugar de observar el potencial real. Una invitación a extirpar el preconcepto para permitir que el talento y las organizaciones cicatricen y prosperen.
Alejandro Borges
6/24/20263 min read
De los lunares y el liderazgo: la trampa de los preconceptos
Hace un par de semanas estaba haciendo de peón de construcción, dando una mano en una obra en la casa de mi hijo, cuando enganché un lunar en el antebrazo. Durante años, mi dermatóloga lo había etiquetado como una cicatriz antigua de las insolaciones de mi juventud. Pero ahora, el "alien" —como terminé bautizándolo— había tomado volumen, tenía una forma muy irregular y sangraba con una frecuencia preocupante.
Lo observé. Podría haberme dejado llevar por el pánico, el instinto de la "mala vibra" y esa especulación agotadora que nos hace imaginar el peor escenario posible. Nuestra cultura nos empuja a la táctica especulativa: vivimos preparándonos para una tragedia que, a menudo, solo existe en nuestra mente. Pero mi filosofía de vida, madurada durante décadas, me dictó lo contrario: bloquear ese impulso. Decidí que los problemas se enfrentan cuando se presentan, no antes. Pedí cita con la doctora y fui. Al final, no era solo uno, sino cuatro los lunares sospechosos. La solución -para mi sorpresa- no fue un bisturí, sino algo de nitrógeno líquido -gran invento si se me permite la expresión- y un par de días de incomodidad. Hoy, el último de ellos ya se desprendió.
Mientras la dermatóloga trabajaba, mi mente viajó hacia atrás, a mis años como tomador de decisiones. Me descubrí analizando cómo gestionaba a las personas que contrataba. Recordé mis épocas de jefe, cuando aplicaba ese famoso "período de prueba" de tres meses. Me di cuenta de que mi mirada no era objetiva: estaba viciada por un preconcepto. Esperaba, casi con ansiedad, confirmar el error. Si el nuevo empleado cometía una falta, mi mente lo traducía inmediatamente como una prueba de que "escoba nueva siempre barre bien, pero no sabe dónde está la mugre".
Buscando el fracaso
Estaba operando bajo una lógica de falsación: buscaba activamente el fracaso en el otro para validar mi propia duda inicial. No brego por el optimismo ingenuo de creer que todos son genios; eso sería la otra cara de la misma moneda, igual de peligrosa. Lo que cuestiono es la falta de neutralidad. Muchas veces, como líderes, nos acercamos al talento con una lupa diseñada solo para detectar grietas. Ese prejuicio es el equivalente psicológico a mirar un lunar y decidir que es maligno antes de que el médico diga una palabra. Al anticipar el fracaso, nos convertimos en el principal obstáculo para el éxito de quien contratamos.
Recuerdo, por ejemplo, el caso de un colaborador que estuvo a punto de ser despedido en su primera semana. Mi "lupa" ya había dictaminado su ineficiencia. Sin embargo, en un momento de lucidez, decidí soltar ese preconcepto y observar sin expectativas. El resultado fue asombroso: esa persona terminó siendo uno de los activos más valiosos del equipo. Solo necesitaba que yo dejara de proyectar mi propio miedo a que las cosas salieran mal.
Hoy, mi emprendimiento exige decisiones similares: no anticipar el fracaso de una campaña ni el éxito absoluto de un libro, sino observar, ajustar y seguir caminando. El "alien" se fue, pero el aprendizaje de mirar sin prejuicios se queda. Extirpar el prejuicio es mucho más complejo que quitar un lunar con nitrógeno líquido, pero el resultado es el mismo: permite que la persona —y la organización— cicatrice y siga adelante, sin el peso muerto de lo que creíamos que iba a pasar, pero nunca sucedió.
Esta historia es un ejemplo de los desafíos que abordamos constantemente en la vida: la lucha contra el ego, el peso de las decisiones difíciles y la necesidad de reconstruir para avanzar.
Si esta reflexión sobre la condición humana y la búsqueda de la autenticidad resonó contigo, te invito a adentrarte en mi primer libro.
En él, profundizo a través de catorce historias reales (ficcionadas para proteger la identidad de los protagonistas), donde la resiliencia es la única respuesta para avanzar cuando toca enfrentar decisiones que ponen a prueba nuestra esencia.
