Dos más dos

¿Qué sucede cuando la lealtad se confunde con la traición en el frío mundo de las corporaciones? En este relato, Miguel Ángel se enfrenta a un directorio que prefiere las matemáticas exactas antes que la seguridad de su propia gente. A través de una decisión tan drástica como necesaria, este cuento nos invita a reflexionar sobre el liderazgo real, la diferencia entre un "alcahuete" y un hombre íntegro, y por qué en la vida —lejos de los escritorios de caoba— las cuentas no siempre cierran como dicen los manuales. Una historia de resiliencia laboral donde el sentido común es el verdadero protagonista.

Alejandro Borges

3/10/20264 min read

rectangular brown wooden table
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¿Cuántas veces la teoría de escritorio choca contra la realidad de la calle? En este relato exploramos la resiliencia y el pragmatismo necesarios en el mundo laboral. Una historia sobre liderazgo, la sutil diferencia entre la lealtad y la traición, y cómo tomar decisiones difíciles cuando la seguridad de tu equipo está en juego. A veces, las matemáticas no alcanzan para explicar la vida real.

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El comedor de la empresa, un lugar siempre ruidoso y lleno de olor a café recalentado, parecía esta mañana una sala de velorio. Más de cincuenta empleados mantenían un silencio sepulcral, con los ojos clavados en el piso.

—Siempre fue un encargado ejemplar. Nunca faltaba y jamás fue irrespetuoso. Ni con los jerarcas ni con nosotros —susurró Miriam, la secretaria de dirección, con la voz quebrada.

Mientras tanto, en el cuarto piso, la atmósfera era diferente: densa, pesada por el humo de un habano costoso y el tono de falsa preocupación paternalista. Miguel Ángel permanecía sentado frente al escritorio de caoba, con un gesto indescifrable, una mezcla de vergüenza controlada y el deseo ardiente de que la tierra se lo tragara.

Marcos Sánchez Vicario, presidente del directorio, sacudió la cabeza mientras encendía el tabaco. —Miguel Ángel... esto no tiene arreglo. Hay cosas que se pueden disimular, pero dos más dos... —dejó la frase en el aire, negando con la cabeza.

Francisco, el gerente general, lo miraba con ojos desesperados buscnado un hilo de esperanza. —Coco, te ruego que nos des una explicación a esto que es inexplicable —rogó Francisco, con la voz temblorosa—. Siempre fuiste un guardián de los intereses de la empresa. ¿En qué te fallamos? ¿Qué hicimos para que mandaras a romper uno de los autos?

—Y lo que es peor —agregó Marisol, otra integrante del directorio—, no es un hecho aislado. Se comprobó que este procedimiento tiene varios antecedentes. Es increíble. Uno trata de ser un buen patrón. Les da libertad... y así nos pagan. Muy triste. Nos fallaste, Miguel Ángel.

El acusado seguía en silencio. Francisco, exasperado por la falta de reacción de quien consideraba un amigo, se paró de su sillón y alzó la voz. —¡Decí algo, por favor! O de lo contrario, retirate y no vuelvas a pisar esta que creíamos era tu casa.

El enfado anímico se manifestó en lo físico. El gerente general se giró y apoyó los nudillos sobre el escritorio, invadiendo el espacio personal de Miguel Ángel. —Ese que nos contó y que vos seguro condenás es un empleado fiel. Para él primero está la lealtad. No le importa que le digan alcahuete. Ese es un hombre íntegro que actúa de buena fe. Después de tantos años hubiera jurado que vos lo tenías claro. Acá no se trata de patrones y empleados. Somos personas cumpliendo distintos roles con un objetivo común. Porque de esta olla, "amigo", comen nuestras familias.

Justo cuando todos empezaban a levantarse de sus sillas para dar por terminado el desagradable encuentro, Miguel Ángel levantó su mano derecha. —Por supuesto me voy a ir —dijo, con un timbre de voz calmo pero con la angustia empujando desde abajo de la garganta—. Porque si hay algo que quedó claro luego de escucharlos, es que esta empresa no me merece.

—Al fin —respiró aliviado Francisco.

Miguel Ángel se puso de pie. —Primero que nada, quiero confirmar plenamente que lo que el alcahuete contó, es cierto. No una, sino por lo menos cinco veces en los últimos tres años, mandé a romper los autos de la empresa. Lo hice convencido de que estaba haciendo uso pleno del respaldo que ustedes me brindaron siempre.

Los presentes se miraron incrédulos. "Este hombre se volvió loco", se escuchó murmurar a Marisol.

—Lo que hoy he confirmado —siguió Miguel Ángel— es una diferencia sutil pero muy común en nuestra sociedad. Es esa distancia enorme entre lo que se dice y lo que se hace. Se estuvieron llenando la boca todo este tiempo sobre su política de puertas abiertas y confianza. Pero vos, Francisco, ¿te acordás cuántas veces te vine a ver para plantearte algún problema y, antes de que abriera la boca, me decías con una sonrisa: "hacé lo mejor que te parezca, Coco. Sé que lo vas a solucionar. Tenés nuestra confianza"?

Llegó un momento en que me lo creí. Y así actué, siempre con la mejor de las intenciones, pensando en el bien de la empresa y en la seguridad de nuestra gente. Ahora veo con claridad que fui un lírico y me equivoqué.

—Todas las veces que mandé a romper la luneta de los autos, la situación tenía tres planos de explicación —continuó Miguel Ángel—. En lo pragmático: nuestros autos recorren toda la ciudad. A veces, en el apuro, los muchachos los cierran y dejan las llaves adentro. ¿Supongo que a ustedes nunca les pasó?, dijo. Alternativas -prosiguió-: enviar la segunda llave, o mandar a un cerrajero y dejar el equipo inactivo tres horas. En lo económico: ese tiempo de inactividad significaba perder clientes. Y el cerrajero cobra el doble que una vidriería. En lo humano: en todos los casos donde me responsabilicé por la rotura del pequeño vidrio, los muchachos habían quedado varados en zonas rojas de la ciudad. Quedarse parados al lado del auto era un riesgo para su integridad física. Rompiendo la luneta trasera, podían meter el brazo, abrir la puerta y seguir trabajando. Más tarde, pasaban por la vidriería y en diez minutos colocaban una luneta nueva.

Miguel Ángel tomó su bolso y remató antes de irse: —Vio, señor Sánchez Vicario... resultó ser que las matemáticas sí, pero en la vida real, dos más dos, no siempre da cuatro.

Esta historia es un ejemplo de los desafíos que abordamos constantemente en la vida: la lucha contra el ego, el peso de las decisiones difíciles y la necesidad de reconstruir para avanzar.

Si esta reflexión sobre la condición humana y la búsqueda de la autenticidad resonó contigo, te invito a adentrarte en mi primer libro.

En él, profundizo a través de catorce historias reales (ficcionadas para proteger la identidad de los protagonistas), donde la resiliencia es la única respuesta para avanzar cuando toca enfrentar decisiones que ponen a prueba nuestra esencia.

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