El algoritmo de la duda

El algoritmo de la duda. Cuando un "sí" no es una respuesta, sino un cortocircuito. Acompañá a Augusto y Marta en este duelo cotidiano de voluntades donde la lógica binaria se rinde ante la falta de yerba y la sabiduría de las bodas de oro.

Alejandro Borges

3/27/20263 min read

A man and a woman standing in front of a hedge
A man and a woman standing in front of a hedge

El algoritmo de la duda



Para Augusto, la vida era un cuestionario de opción múltiple. Para Marta, un examen de verdadero o falso. El problema es que llevaban cincuenta años rindiendo la misma materia.

Augusto apareció en la puerta del living con las llaves en la mano y esa expresión de quien acaba de descubrir una falla en la matriz del universo.

Marta, ¿vamos a ir al supermercado ahora o preferís que te pase a buscar cuando vuelva del banco? ¿O esperamos a que baje el sol para no morir en el intento?

Sí —respondió Marta, concentrada en el crucigrama.

Augusto se quedó petrificado bajo el marco de la puerta.

Marta, te di tres escenarios posibles. El “sí” no es una respuesta, es un cortocircuito. ¿”Sí” a qué? ¿”Sí” al ahora, “sí” al banco o “sí” al sol?

Exacto, Augusto. Sí.

No puede ser “exacto”. Son excluyentes. Si es ahora, no es después. Si voy yo, no vas vos. La lógica tiene reglas, Marta. No podés vivir en un mundo binario cuando yo te estoy ofreciendo un abanico de posibilidades.

Marta levantó la vista. Lo miró con esa paciencia rígida que solo se adquiere después de las bodas de oro.

Augusto, ¿me vas a dejar terminar la palabra que me falta, vas a seguir con el seminario de lógica o vas a ir al banco de una vez?

¡Ahí lo tenés! —exclamó él, señalándola con las llaves—. ¡Ahora lo hiciste vos! Me diste tres opciones. Yo elijo la tercera: voy al banco. ¿Ves qué fácil es?

No —dijo ella, volviendo al papel.

Augusto se llenó los pulmones con un suspiro que sonó a derrota física.

¿”No” qué, Marta? ¿No vas a dejar que vaya al banco? ¿No vas a dejar de hacer el crucigrama? ¡Hablame en oraciones completas, te lo pido por los nietos!

Marta bajó el crucigrama con la lentitud de un juez que está a punto de dictar sentencia:

No hay más yerba, Augusto.

¿Andá?... ¿Y eso qué tiene que ver con las opciones que te di?

Que si vas al banco y no vas al súper, mañana desayunamos aire. Así que la respuesta es sí: tenés que ir a los dos lugares.

Augusto guardó las llaves en el bolsillo, vencido por una lógica que no figuraba en sus manuales.

Está bien. Voy a los dos. ¿Querés que traiga la yerba de paquete amarillo —esa que tiene yuyos— o la que probamos la semana pasada?

No —dijo Marta, sin levantar la vista.

Augusto cerró la puerta principal. Todavía no sabía si ese “no” significaba que ninguna de las dos yerbas era la correcta, o si Marta solo estaba aplicando su propio algoritmo de supervivencia: dejar la respuesta en el aire para que él, inevitablemente, trajera la marca equivocada. Al fin y al cabo, después de cincuenta años, ella sabía que un matrimonio sin nada de qué quejarse durante la cena era lo más parecido a un funeral, y Marta todavía no tenía listo el vestido negro.

Esta historia es un ejemplo de los desafíos que abordamos constantemente en la vida: la lucha contra el ego, el peso de las decisiones y la necesidad de reconstruir para avanzar.

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