El contrato del brazo hábil

¿Cuánto confiamos en los engranajes del mundo? Norberto espera en un subsuelo que parece crujir bajo el peso de seis pisos de gente rota. En un consultorio donde el tiempo se congela a las 11:17, descubre que el miedo a la "solución" puede ser más peligroso que la propia fractura. Un relato sobre la fragilidad de nuestra seguridad y el costo de intentar escapar de lo inevitable.

Alejandro Borges

3/4/20263 min read

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El contrato del brazo hábil

Norberto miró el cielorraso. Una placa faltante revelaba un caño envuelto en papel de aluminio, sostenido por alambres oxidados. En una unión, la fibra de vidrio sudaba. Bajó la mirada hacia la columna: una rajadura ascendente mordía el hormigón. Estaba en el primer subsuelo. Seis pisos de consultorios, camillas y gente rota gravitaban sobre su nuca.

—Le apuesto que si preguntamos, la mayoría de las fracturas acá son absurdas —dijo el hombre a su lado.

Norberto no respondió. Imaginó al empleado de limpieza dejando un charco invisible en una escalera. O al operario que ensambló el freno del ómnibus que lo trajo, distraído por un mensaje de texto. Apretó el brazo enyesado contra el pecho.

—¿Y usted viene a control o ya se lo sacan? —insistió el vecino. —Ya es tiempo —dijo Norberto—. Según el diagnóstico de un extraño con túnica.

El hombre sonrió con una inocencia plana. Norberto consultó su reloj y se volvió hacia la mujer de la derecha. Ella lo observaba de reojo, apretando su propio bolso contra las rodillas. —¿Qué hora tiene? Exacta. —Once y diecisiete —respondió ella, retrocediendo un poco, sin apartar la vista de la puerta del consultorio.

Norberto confirmó su reloj. Sacó el celular: 11:17. Miró de reojo la pantalla del vecino: 11:17. El monitor de turnos: 11:17. Aquella sincronía perfecta le resultó asfixiante. ¿Eran las once y diecisiete o era el pulso eléctrico del edificio?

Cuando la enfermera pronunció su nombre, se levantó con el corazón golpeándole las costillas.

En el consultorio, el médico ni siquiera levantó la vista de las placas grises. —Ya está, amigo. Sala de yeso. Fisioterapia y en un mes se olvida.

Norberto miró las radiografías. El mapa de un cuerpo ajeno. En la sala contigua, el trepidar de la sierra. Un hombre con uniforme azul se acercó probando el disco dentado en el aire. No lo miró a los ojos; solo miró el brazo.

—¡No!

El grito rebotó en los azulejos. Norberto ganó la puerta de un salto, desbocado. Al cruzar la sala de espera, se cruzó con la mirada de la mujer de la hora exacta. Ella no se sorprendió; asintió con la cabeza, como quien ve confirmada una sospecha de años.

—A mí me decían loca —soltó ella hacia el resto de la fila, con una lucidez gélida—, pero esa sierra es un peligro.

Norberto no se detuvo a escuchar. Llegó a los ascensores y aporreó los botones. Al fondo del corredor, el médico y el de la sierra ganaban terreno.

—¡Espere! ¿Qué pasa?

Venían por él. Norberto eligió las escaleras. Varias personas subían confiando en que cada escalón aguantaría su peso. Bajó de a tres, esquivando hombros, hasta que el yeso se enganchó en la correa de un bolso. El tirón fue seco. El suelo desapareció.

Tras el golpe, todo se hizo negrura. Un reseteo.

Al abrir los ojos, la luz del techo era un bisturí de neón. Alguien lo sujetaba por el hombro sano.

—No se mueva, amigo —dijo una voz sin rostro—. Me parece que se rompió la pierna. Quédese tranquilo, ya viene un médico.

Esta historia es un ejemplo de los desafíos que abordamos constantemente en la vida: la lucha contra el ego, el peso de las decisiones difíciles y la necesidad de reconstruir para avanzar.

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En él, profundizo a través de catorce historias reales (ficcionadas para proteger la identidad de los protagonistas), donde la resiliencia es la única respuesta para avanzar cuando toca enfrentar decisiones que ponen a prueba nuestra esencia.

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