El día que me bajé del escenario
¿Qué pasa cuando apagamos las luces del aplauso y descubrimos que nunca fuimos el centro del universo? Una mirada sin anestesia sobre la vanidad, la soledad y la inmensa libertad de empezar a vivir sin pedir permiso.
Alejandro Borges
8/19/20264 min read


El día que me bajé del escenario
Como comuniqué hace algunas semanas, este blog ha sido un camino de búsqueda. He compartido cuentos, anécdotas y reflexiones. Pero hoy se ha transformado en otra cosa: una especie de diario íntimo pero publicado, muy contradictorio para estos tiempos de la comunicación digital, pero extrañamente liberador a esta altura de mi vida. Les cuento por qué.
Para seguir mi línea de razonamiento, déjenme ponerles un ejemplo.
Viví la mayor parte de mi vida de acuerdo a las reglas y los convencionalismos sociales. Es como si me hubiera estado esforzando durante décadas construyendo un gran escenario en medio de la plaza. Puse mucho esfuerzo en levantarlo, decorarlo e iluminarlo. Trabajé duro para conseguir la mejor ropa, cuidar mi apariencia y apuntar a un único gran objetivo: pararme un día allí arriba para que todos los que pasaran por la plaza me vieran. Me admiraran. Me reconocieran. Fueran testigos de mi éxito y me permitieran sentirme orgulloso de lo que logré.
Pero cuando el gran día llegó, me subí con la mejor sonrisa y la gente ni siquiera se percató. Pasaban de largo. No lo entendía. Pensé en envidia, en egoísmo, en la falta de valoración por todo mi esfuerzo. Me enojé, me molesté, me dio bronca. Estuve varios días dándole vueltas al asunto, incapaz de aceptar que me ignoraran.
Hasta que se me metió en la cabeza una idea loca: voy a romper las reglas. Voy a ser audaz. Voy a operar por afuera del sistema.
No sé cómo, pero vencí los prejuicios, la vergüenza enorme y mandé al diablo el qué dirán. Fue así que una noche de verano, con la plaza llena, hice apagar todas las luces y, de pronto, un gran reflector me alumbró a mí sobre mi gran escenario, totalmente desnudo. Esperaba sorpresa, risas, burlas, gritos.
Pero la gente solo seguía preocupada por la luz de la plaza, que volvió pocos segundos después. Cuando eso ocurrió, todos continuaron su camino. Nadie me miró. Nadie gritó. Nadie se sorprendió.
Sentí una gigantesca descarga de indiferencia hacia mi persona. Me vestí y me fui caminando solo, cabizbajo, reflexionando.
Entonces fue cuando lo entendí todo: el problema no eran los demás. El problema era yo.
Yo había comprado la ilusión de que era alguien importante para el mundo, cuando en realidad apenas era una pequeña pieza dentro de un gran andamiaje. Cuando me salí del sistema, nadie me dejó de lado; simplemente una pequeña pieza salió de un mecanismo que siguió funcionando sin ningún problema por mi ausencia. No hubo desprecio ni rencor. El problema era mi propia percepción y mi confusión.
Siempre viví la vida teniendo como centro absoluto a mí mismo. Pero en la realidad, solo soy uno en casi ocho mil millones de personas. Lo más parecido a la nada misma. No es que la gente me haya olvidado o arrinconado porque los años pasan o las etapas cambian; el verdadero descubrimiento es que durante toda mi vida me creí —o para ser exactos, compré la idea— de que era mucho más importante de lo que soy en realidad. Lo que pasa en esta etapa no es que uno se desvaloriza; es exactamente lo contrario: comprendí que siempre estuve sobrevaluado.
No me malinterpreten. Esto no es un discurso que nos empuje al desprecio por la vida, a renegar de la existencia o a dejar de perseguir sueños. Es todo lo contrario.
De lo que se trata es de haber entendido que todos tenemos un valor fundamental, inalienable y fantástico: nuestra propia singularidad. Y darme cuenta de eso me liberó por completo. Aprendí a regular de una vez por todas el "problemómetro". A no esperar la aprobación de los demás, sino a ser auténtico y fiel a mis propias convicciones para transitar este camino.
No hablo de hacer lo que a uno se le cante sin importarle las normas o afectando a terceros. Hablo de que hoy me importa infinitamente más sentirme bien conmigo mismo que quedar bien con la tribuna. Escucho las críticas constructivas, por supuesto, pero al final del día elijo ser fiel a mis sentimientos.
Ojalá me hubiera dado cuenta de todo esto antes para tener más tiempo viviendo desde este lugar de autenticidad. Pero, claro, reconocer este lamento es solo un último vestigio de esa vieja precodificación de la que hablaba. No puedo cambiar el pasado. Pero sí tengo toda la intención —y créanme que en eso estoy focalizado— de encarar lo que viene buscando momentos genuinos de felicidad, siendo lo más auténtico posible y teniendo como único límite inquebrantable no dañar a nadie. Respetando todos los puntos de vista, entendiendo que no somos mejores ni peores, sino simplemente seres humanos intentando descifrar cómo transitar este viaje.
Esta historia es un ejemplo de los desafíos que abordamos constantemente en la vida: la lucha contra el ego, el peso de las decisiones difíciles y la necesidad de reconstruir para avanzar.
Si esta reflexión sobre la condición humana y la búsqueda de la autenticidad resonó contigo, te invito a adentrarte en mi primer libro.
En él, profundizo a través de catorce historias reales (ficcionadas para proteger la identidad de los protagonistas), donde la resiliencia es la única respuesta para avanzar cuando toca enfrentar decisiones que ponen a prueba nuestra esencia.
