El muerto miente

La médium Madame Casandra tiene un método infalible para responder a sus clientes: un hacker que le sopla secretos al oído. Todo es negocio y lavanda, hasta que un error de agenda hace entrar a la mujer equivocada. "El muerto miente" es un relato sobre las máscaras que usamos y esos misterios que, a veces, parecen perseguirnos incluso desde el más allá.

Alejandro Borges

2/18/20265 min read

Este relato es puro cuento; tiene partes que son inventos.



El consultorio de Madame Casandra olía a una mezcla profesional de lavanda y tecnología. En su oreja derecha, oculto por un denso mechón de pelo, llevaba un micro-audífono. Del otro lado, en una habitación sin ventanas, su sobrino Kevin —un hacker que se alimentaba de datos ajenos— le soplaba la vida privada de los clientes.

—Entró la Méndez, tía. María Luisa. Le dicen Loly, si lo querés usar. Viuda de un joyero que era un pirata. El tipo tenía relojes de oro que no declaró ni al fisco ni a la mujer. Atacá por ahí —susurró Kevin.

Pero Zulma, la secretaria de Casandra, cuya lucidez solía ser intermitente, había cometido un error de agenda. Hizo pasar a otra mujer que esperaba su turno: Luisa María Méndez, la hija de un Coronel austero que jamás en su vida había tocado una joya que no fuera una medalla al valor.

Casandra cerró los ojos y activó su voz de trance, esa que sonaba a una mezcla inquietante de terciopelo y tumba.

—Veo algo... cilíndrico. Dorado. Él está aquí, me lo muestra. Dice que tiene un movimiento constante, algo que no se detiene. Me pide que te diga que es un secreto que late y que debes guardarlo siempre cerca de tu piel.

La hija del militar se puso de pie de un salto, con las mejillas encendidas de una furia puritana. —¿Movimiento constante? ¿Cerca de la piel? —La mujer temblaba, y sus palabras salían como disparos—. Mi padre era un hombre de orden. El único sonido que permitía en casa era el de sus botas contra el piso y el tic-tac de su cronómetro de acero oxidado. ¡Y usted viene a hablarme de movimientos secretos cerca del cuerpo! ¡Es una obscenidad! Mi padre iba a misa todos los domingos. ¡Cómo se atreve a ensuciar su memoria con esas insinuaciones de alcoba!

Kevin empezó a desesperarse al oído de su tía, gritando que le espetara lo del "rubí de la amante". Casandra, aturdida por los gritos en su oreja y la violencia de la mujer, perdió los estribos. Se tapó el oído derecho y, mirando al techo con furia, gritó:

—¡Cállate la boca, Kevin! ¡Que me estás enloqueciendo con lo del rubí! ¡Fijate bien el árbol genealógico!

La clienta se quedó petrificada. Casandra, recuperando la compostura con un sudor frío corriéndole por el maquillaje, soltó la frase definitiva para salvar el negocio:

—Mire, doña, si usted no reconoce lo que él me muestra, la respuesta es una sola: ¡Lo que pasa es que el muerto miente! Su padre murió con una doble vida y ahora el caradura nos quiere engañar a las dos para no perder su imagen de rectitud. Por cierto, Kevin es un hermano bastardo que usted tiene por ahí. Lamento que se entere de esta forma.

La sesión terminó en un estallido de indignación. Casandra se disponía a despedir a su secretaria cuando una mujer se interpuso en su camino. Tenía unos ojos negros que parecían absorber la luz de las velas. -No tengo cita pero las dos sabemos que me vas a atender igual, dijo mientras ingresaba al consultorio. Kevin ya no estaba en el audífono. Solo había estática.

—¿Querés hablar de Juan? —dijo la mujer con una palidez fría—. Tu primer esposo, al que traicionaste con su hermano ¿O preferís las cuentas en el exterior que no le declaraste al fisco? ¿O quizás recordar a Misifús, tu gato, que murió bajo el camión lechero mientras vos mirabas por la ventana?

Un silencio taladrante abrumó a Casandra. La mujer se puso de pie con una lentitud de estatua. —Pagale a tu secretaria lo que se merece. Dale ese viaje que tanto desea. Es tu última oportunidad de cambiar antes de que sea tarde.

Casandra se quedó mirando el lugar donde la mujer había estado, mientras el eco de sus palabras se mezclaba con el zumbido de la estática en su audífono. Dos semanas después, el olor a lavanda del consultorio fue reemplazado por el olor a queroseno y salitre.

Zulma se detuvo frente al enorme ventanal del aeropuerto. Afuera, el avión que la llevaría a ella y a su madre a las playas del Caribe brillaba bajo las luces de la pista. Esther, su madre, permanecía ausente, sentada en los bancos de metal de espaldas a la pista, perdida en su mundo de niebla.

En el reflejo traslúcido del vidrio, nítida y serena, apareció la figura de la tía Amalia con su antiguo tapado negro. Zulma no necesitó girar; extendió su mano hacía atrás con un sobre y la mujer le devolvió un guiño cómplice desde el cristal. Se acercó a su oído y le susurró: —No podría haber salido mejor. Además del aumento, te regaló el viaje.

—Están llamando para abordar —dijo Esther, volviendo por un instante a la realidad.

Ya a treinta mil pies de altura, Zulma suspiró satisfecha mientras le acomodaba la manta a su madre. —¿Viste, mamá? Al final la tía Amalia se portó. Gracias a esa actuación que se mandó en el consultorio, ahora podemos hacer este viaje. La tía es la mejor actriz del barrio.

Su madre, que miraba las nubes con los ojos fijos en un limbo propio, susurró sin volverse: —¿De qué Amalia hablás, nena? La Amalia se murió hace dos años. Pidió un cajón blanco porque decía que no creía en la oscuridad.

Zulma sintió que el avión caía en un pozo de aire infinito. Intentó reconstruir la escena del aeropuerto. ¿A quién le había dado el sobre si no había nadie detrás? El recuerdo empezó a deformarse como cera caliente bajo el sol.

—Qué bien que miente la gente, Zulma —murmuró Esther, con una sonrisa que no pertenecía a este mundo—. Incluso los que ya no están, mienten para que uno no se sienta solo en el viaje.

La secretaria de Casandra se hundió en el asiento, apretando la cartera contra el pecho. Recordó la voz de su jefa gritando: "¡Lo que pasa es que el muerto miente!".

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