El refugio de los charcos: La libertad invisible

Este es un cuento sobre un tema del cual no se habla mucho, pero con el que estoy seguro muchos se sentirán identificados. Tiene solidaridad, dolor y realismo. Pretende ser un pequeño homenaje a aquellos que se postergan por ayudar a otros y que logran encontrar felicidad donde la mayoría solo ve simpleza.

Alejandro Borges

3/18/20264 min read

Water droplets on glass with blurred sunset background
Water droplets on glass with blurred sunset background

El refugio de los charcos: La libertad invisible

El olor a amoníaco ya no le decía nada. Era el aire que le había tocado respirar los últimos cinco años. Con un movimiento mecánico, retiró la chata y la dejó sobre las baldosas. Ignoró el llanto de su madre —ese gemido agudo de quien recupera la lucidez solo para sentir vergüenza— y se concentró en el nudo de las sábanas empapadas. No había asco, solo logística.
Mientras cambiaba el juego de cama girando el cuerpo quejoso hacía un lado y otro, sus ojos se desviaron hacia la persiana. Afuera, el sol de Montevideo brillaba con una crueldad innecesaria. Ella maldijo ese cielo despejado. El sol era su enemigo: bajo el sol, el mundo exigía una prolijidad que ella ya no tenía. "Que se nuble", rogó. "Por favor, que se rompa el cielo".
El teléfono vibró en la mesada. Era el grupo de WhatsApp de la familia. Sus hermanos preguntaban cómo seguía "la vieja" casi como excusa para informar que ya habían transferido la plata del mes. "Avisanos si necesitás algo, hoy estamos complicados para pasar", escribió el mayor. Ella ni siquiera contestó. Sabía que el dinero era el peaje que ellos pagaban para no oler lo que ella olía, para no ver cómo la juventud se le escurría entre pañales y caldos tibios a los 29 años.


A las tres de la tarde, el milagro ocurrió. El cielo se puso color plomo y un trueno lejano hizo vibrar los vidrios. Ella sintió una descarga de adrenalina. Esperó a que la madre se durmiera, se puso una campera liviana y, sin paraguas, salió a la calle justo cuando las primeras gotas grandes marcaban el cemento.
Caminó sin rumbo. Sintió el agua fría lavarle el cansancio. En una esquina, bajo el alero de una ferretería cerrada, vio a un hombre. Tendría unos 40 años y la lluvia delataba que se estaba quedando calvo. Era de complexión media, algo panzón y vestía un buzo de lana que ya chorreaba agua. No parecía un náufrago, sino alguien que, al igual que ella, había decidido que mojarse era mejor que estar adentro.
Se miraron. Él no le dedicó una mirada de lástima ni de deseo. Fue una mirada de reconocimiento, como si ambos hablaran un idioma que el resto de la ciudad, protegida bajo sus techos, ignoraba.
—Linda tarde para estar afuera, ¿no? —dijo él con una voz raspada, pero dulce.
—La mejor —contestó ella. Por primera vez en semanas, no tuvo que fingir una sonrisa.
Hablaron poco. Él le contó que cuidaba a su padre, un hombre que olvidaba su nombre cada diez minutos. Ella le habló de las sábanas y del olor a amoníaco. Entre la lluvia, él sacó un cigarrillo mojado e intentó prenderlo. Se rió de su propio fracaso y ella se rió con él. En ese momento, ella entendió por qué buscaba tanto la tormenta: caminaba bajo la lluvia porque allí, y solo allí, sus lágrimas se confundían con el agua del cielo y nadie podía ver que estaba rota.


—El sábado que viene mis hermanos van a tener que venir —dijo ella, con una firmeza que no sabía que tenía—. Así tengan fútbol o asado. Voy a salir.
—Yo también —dijo el hombre—. Si querés, nos tomamos un café en ese bar de la esquina. Sin lluvia.
El sábado siguiente, ella no esperó el permiso de nadie. Envió un mensaje seco al grupo: "Estoy saliendo. Alguien tiene que estar acá en diez minutos". No esperó la respuesta ni las quejas. Silenció el celular y lo guardó en la cartera. Se puso un poco de color en los labios, agarró las llaves y cerró la puerta.
Se sentaron en una mesa pequeña en la vereda, cerca de la ventana de aquel bar viejo. Él llevaba una camisa limpia, aunque mal planchada, y ella se había soltado el pelo castaño y lacio. Había elegido no usar broche. Su melena se mecía libre con la suave brisa. Pidieron dos cafés cortados y un plato con tres medialunas. Sintieron que todas las personas que pasaban estaban apuradas, mientras el vapor del café les entibiaba la cara.
—Está rico —dijo él.
—Sí —dijo ella—. Está caliente.
—¿Querés otra medialuna? —dijo él.
—Después —dijo ella.
Ella tomó la cuchara, revolvió el azúcar y miró a ese hombre que le devolvía una sonrisa mansa. Por un instante, el mundo se redujo a ese aroma a tostado y al peso de la porcelana en la mano. En esa mesa de bar, rodeados de extraños y de ruido de platos, no necesitaban nada más. Estaban disfrutando del paraíso.

Cuidar a quien amamos es un acto de nobleza que, a menudo, nos deja en la sombra. Este relato nace de la necesidad de ponerle voz a ese cansancio silencioso y a esos breves instantes donde necesitamos ser invisibles para volver a encontrarnos. Es un homenaje a los que cuidan y, sobre todo, a los que resisten.

Si la historia de este encuentro bajo la lluvia resonó en vos, te invito a cruzar hacia "El Puente", uno de los relatos centrales de mi libro.

Allí conocerás a Tomás, un hombre que desde la soledad de un residencial descubre que las palabras escritas son la única magia capaz de burlar el tiempo. Es una historia sobre el amor que sobrevive a la ausencia y sobre los laberintos de la mente donde, a veces, recibimos una respuesta que no esperábamos.

Descubrí la historia completa en "¿Qué harías? Historias reales, decisiones difíciles". Catorce relatos donde la resiliencia es la única forma de avanzar cuando la vida nos pone a prueba.

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