El síndrome de la inutilidad: por qué la sociedad condena a los jubilados al destierro

¿Cuándo fue la última vez que escuchaste la frase "vos que no tenés nada que hacer"? En esta entrega, desarmamos el mito de la jubilación como un certificado de caducidad y la trampa cultural que convierte los años de experiencia en una condena de invisibilidad. Un recorrido crudo y sin anestesia sobre el síndrome de la inutilidad, el falso alivio del "no hacer nada" y por qué, en realidad, pasamos a ser millonarios del recurso más valioso que existe. Una invitación a sacudirse las excusas y elegir un propósito antes de que sea tarde.

Alejandro Borges

8/6/20264 min read

El síndrome de la inutilidad: por qué la sociedad condena a los jubilados al destierro

Hoy quiero hablarles sobre una dolencia social que sufren silenciosamente muchos adultos mayores: el síndrome de la inutilidad. Después de una vida en los medios, creo que por deformación profesional me puse a observar y verificar si algunas frases que resonaban en mi cabeza eran realmente frecuentes o solo una percepción mía.

Les pongo algunos ejemplos cotidianos:

  • "Vos que no tenés nada que hacer..."

  • "La verdad es que me sobra el tiempo y no sé qué hacer con él."

  • "Me jubilé hace unos años, pero me sigo levantando a las seis y media de la mañana a inventar algo; si me quedo en casa, me siento un inútil."

Todas estas expresiones giran sobre una idea central que está profundamente enquistada en nuestra cultura: jubilarse equivale a recibir un certificado de caducidad. Así como lo expone de manera fantástica Franz Kafka en La Metamorfosis, la sociedad asume que cuando una persona sale de la Población Económicamente Activa (PEA), pasa automáticamente a ser una carga. Alguien que ya no aporta al sistema, que solo genera gastos y que "ya cumplió su ciclo".

Lo más sorprendente no es que esta idea la manejen los activos, sino que muchos jubilados la aceptan como una verdad incuestionable. "Es ley de vida", me dijo alguna vez un amigo querido. Así, lo que se suponía era el comienzo de una época de festejo —de hecho, el origen etimológico de la palabra jubilado proviene del latín jubilare, que significa gritar de alegría— se transforma poco menos que en una condena social.

La trampa del espejo: activo vs. jubilado

Es fascinante observar el funcionamiento de la mente humana en este punto. Una persona que está en plena actividad, desbordada por sus distintos roles y presiones cotidianas, se cruza con un jubilado y piensa con envidia: "Estoy deseando jubilarse para no hacer nada".

Pero lo gracioso —o trágico— es que, al poco tiempo de llegar ese supuesto día consagrado, el jubilado se cruza con un trabajador y siente una profunda nostalgia de su época de "persona útil". Es como si nunca nos conformáramos con lo que tenemos y siempre deseáramos lo del otro. Una suerte de ver el vaso medio vacío según del lado de la ventanilla en el que nos toque estar.

No pretendo hacer un juicio de valor contra nadie. Simplemente comparto una realidad que estuve analizando de cerca, porque yo mismo estuve en ese lugar de trabajador que contaba las semanas para colgar los botines. Por eso, lejos de buscar la ilusión vanidosa de cambiar el mundo, lo único que pretendo es cambiar yo. Me niego rotunda y absolutamente a aceptar el axioma de que la pasividad es la "ley de vida".

El verdadero tesoro de la silver economy: ser millonarios de tiempo

Hoy en día, las personas mayores tenemos ante nosotros un abanico inmenso de posibilidades para gastar a placer nuestro tiempo. Creo que muchos no se dan cuenta de una realidad fundamental: pasamos a ser millonarios.

¿Por qué razón? Porque por primera vez en la vida tenemos un manejo infinitamente mayor de lo activo más valioso que posee el ser humano: el tiempo. Cuando somos niños, el tiempo lo administran nuestros padres. Cuando somos adultos en edad laboral, nuestra agenda está encorsetada por obligaciones, compromisos y exigencias ajenas. Pero tras la jubilación, la mayor parte del día nos pertenece. Somos amos y señores de lo que queremos hacer.

Es precisamente al darnos cuenta de esto donde podemos imprimir el gran cambio y encontrar un propósito de vida, dejando atrás la sensación de ser una carga o alguien que estorba.

Por supuesto, quien elija genuinamente no hacer nada y sea feliz con ello, está en su derecho absoluto y cuenta con todo mi aplauso. Mi mensaje va dirigido a aquellos que se sienten incómodos, atrapados en la inercia, pero no hacen nada porque asumen que ese es el único rol que les toca interpretar.

Todos tenemos sueños postergados que por una u otra razón quedaron pendientes en el camino. La biología marca límites ineludibles, es cierto, pero créanme que hay muchísimos otros proyectos que solo dependen de animarse a salir de la zona de confort y sacudirse las excusas que solemos comprarnos.

La jubilación es una hermosa oportunidad para redescubrirnos, disfrutar cada instante y saborearlo con el paladar que nos da la experiencia, rechazando los preconceptos de una sociedad que descarta antes de tiempo. Mejorar nuestra calidad de vida depende, en muy buena parte, de nosotros mismos. Los invito a pensarlo, a plantearse nuevos retos y a recordar una verdad simple: lo triste no es envejecer; lo triste es vivir sin propósito.

Esta historia es un ejemplo de los desafíos que abordamos constantemente en la vida: la lucha contra el ego, el peso de las decisiones difíciles y la necesidad de reconstruir para avanzar.

Si esta reflexión sobre la condición humana y la búsqueda de la autenticidad resonó contigo, te invito a adentrarte en mi primer libro.

En él, profundizo a través de catorce historias reales (ficcionadas para proteger la identidad de los protagonistas), donde la resiliencia es la única respuesta para avanzar cuando toca enfrentar decisiones que ponen a prueba nuestra esencia.

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