El territorio del silencio

¿Qué pesa más: un acto de valentía real o la ideología que nos separa? En este nuevo relato de Escritor Resiliente, una cena entre amigos se convierte en el escenario de una batalla que va mucho más allá de la política. Un perro, una defensa instintiva y una verdad incómoda: a veces, para ser aceptados, nos piden sacrificar nuestra propia autenticidad. Una invitación a la reflexión sobre los vínculos modernos y la "eutanasia del diálogo".

Alejandro Borges

5/13/20264 min read

El territorio del silencio

La cena en lo de los Fagúndez había empezado con el pie izquierdo. El grupo de nueve —cuatro hombres y cinco mujeres, un abanico de edades que iba de los treinta a los sesenta— se hundía en el sillón de cuero mientras Julián, con la cara roja y el dedo índice apuntando al techo, sentenciaba el final del país.

—Es la gestión, entiendan. Con los míos esto no pasaba. La calle es tierra de nadie porque nadie pone lo que hay que poner —lanzó el treintañero, buscando la mirada de Clara, que lo observaba desde el rincón con una mezcla de curiosidad y distancia.

El dueño de casa, experto en desactivar minas antipersonales antes de que estallen sobre el asado, se levantó con una sonrisa plástica. —Julián, haceme un favor. Se me terminó el pan y el helado no va a llegar nunca. Agarrá la bici de mi hijo que está en el garage. Clara, acompañalo en la de Sonia, así no se olvida de traer el sabor que te gusta a vos. Es acá a tres cuadras.

Era un exilio elegante. Julián aceptó, no por obediencia, sino por la oportunidad de estar a solas con Clara. Salieron a la noche fresca. La calle estaba desierta, iluminada por un alumbrado público mortecino que proyectaba sombras largas. Iban en silencio, pedaleando despacio, disfrutando de ese breve armisticio fuera de la "trinchera" ideológica de la cena.

A mitad de camino, la penumbra se rompió. No hubo aviso. Un perro grande, de pelaje indescifrable y ojos inyectados en un odio territorial, saltó desde un jardín sin rejas. Julián sintió el primer tarascón en el tobillo. Clara gritó.

Fue un combate primitivo. El perro no quería comida, quería el espacio. El hombre, impulsado por una adrenalina que no conocía en la oficina, se bajó de la bici y se puso entre el animal y la chica. El bicho volvió a la carga, feroz, directo al muslo. Julián soltó una patada seca, un golpe de empeine que impactó en el hocico del animal. El crujido fue real. El perro retrocedió, gruñó con una profundidad rencorosa y, tras un segundo de mirada firme, se retiró a las sombras.

Julián respiró hondo, sintiendo el corazón galopando contra las costillas. Clara lo miraba con los ojos muy abiertos, casi con devoción. —Estuviste increíble —susurró ella, tocándole el brazo. Él se sintió el dueño de la noche. El héroe que acababa de domar la realidad.

Al regresar a la casa, Clara entró contando la hazaña como si fuera una epopeya grecorromana. El grupo los rodeó. Julián, con el pantalón desgarrado y un hilo de sangre en la pantorrilla, esperaba el aplauso final.

—¿Ven? —dijo Manuel, el que pensaba justo lo opuesto a Julián—. Esto es lo que digo. Ni siquiera podés ir a comprar pan sin que te ataquen. Y eso pasa en cualquier gobierno. ¿O me vas a decir que el perro vota Julián? Es un problema de raíz, de falta de valores. El perro es la víctima de una sociedad abandonada.

Clara asintió. —Tiene razón —dijo, sin dejar de mirar a su héroe—. En el fondo, el pobre animal está tan asustado como nosotros. No hay que castigarlo, hay que entender el contexto.

Julián sintió un frío más agudo que el de la calle. Miró a Clara. Ella no estaba viendo al hombre que la salvó; estaba viendo una oportunidad para confirmar su teoría sociológica, la misma que él venía combatiendo con odio hacía meses. Comprendió, con una lucidez dolorosa, que para estar con ella tendría que mentir. Tendría que aceptar que su patada al hocico fue un "error de comunicación" y no un acto de supervivencia.

Miró su pantalón roto. Recordó la mirada del perro: frontal, honesta, sin segundas lecturas. El animal le había dicho "te odio" con los dientes. En esa mesa, en cambio, le decían "te quiero" con condiciones políticas.

—¿Estás bien, Juli? —le preguntó Clara, acercándole una copa de vino con una sonrisa que ya olía a naufragio.

Julián miró la copa y luego la puerta. Pensó en la eutanasia del diálogo que todos estaban practicando con esmero. —Sí —mintió él, sentándose a la mesa—. Todo bien.

Pero mientras masticaba el pan recién comprado, supo que prefería mil veces el rugido del animal en la oscuridad que el silencio cómplice de esa cena donde, para ser amado, primero había que ser igual.

Hay momentos en la vida donde la realidad nos golpea con la honestidad de un rugido en la oscuridad, despojándonos de discursos y teorías. En este cuento nos asomamos a una de esas noches donde lo salvaje y lo civilizado se cruzan en una vereda cualquiera.

Este relato nace de observar cómo, a menudo, preferimos la comodidad de una idea preconcebida antes que la crudeza de un hecho real. Como escritor, me interesa explorar esos silencios cómplices y las mentiras piadosas que aceptamos para no quedar fuera de la mesa.

¿Hasta dónde estamos dispuestos a deformar nuestra propia historia para encajar en el mundo del otro? ¿Es la ideología un refugio o una celda? Te invito a leer con la guardia baja, permitiendo que la pregunta te encuentre en el silencio de tu propia lectura.

Esta historia es un ejemplo de los desafíos que abordamos constantemente en la vida: la lucha contra el ego, el peso de las decisiones difíciles y la necesidad de reconstruir para avanzar.

Si esta reflexión sobre la condición humana y la búsqueda de la autenticidad resonó contigo, te invito a adentrarte en mi primer libro.

En él, profundizo a través de catorce historias reales (ficcionadas para proteger la identidad de los protagonistas), donde la resiliencia es la única respuesta para avanzar cuando toca enfrentar decisiones que ponen a prueba nuestra esencia.

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