El tiempo de los jubilados: ¿un tesoro recuperado o una condena a matar las horas?

¿Jubilarse es sinónimo de "matar el tiempo"? Una reflexión sin filtros sobre el verdadero valor del tiempo en la última etapa de la vida. Un análisis sobre cómo transitar el paso de las obligaciones cotidianas a la libertad de la jubilación, evitando caer en la trampa del tiempo ocioso y redescubriendo el reloj como un tesoro propio.

Alejandro Borges

10/30/20264 min read

El tiempo de los jubilados: ¿un tesoro recuperado o una condena a matar las horas?

Acabo de publicar mi tercer libro, Mi viaje resiliente +60. Es un texto autobiográfico desprovisto de vanidad y de vergüenza, donde cuento sin especulaciones mis pocas conquistas y mis muchos fracasos, sobre todo a partir de aquel infarto que, hace tres años, me sacudió la modorra y me empujó de lleno a la escritura.

Pero más allá del libro en sí, hay una reflexión que me viene golpeando la cabeza desde hace más de mil días: el valor del tiempo y el uso real que hacemos de él.

Si uno lo mira con atención, nuestra existencia se divide en tres grandes etapas frente a ese reloj invisible.

En la primera etapa, la infancia, el tiempo nos lo manejan otros. Padres, maestros y adultos dictan cuándo se duerme, cuándo se estudia y cuándo se juega. No hay margen de elección.

En la segunda etapa, la adultez, el timón lo toman las obligaciones. El trabajo, las responsabilidades y la inercia social nos secuestran los días. El margen para dedicarse a uno mismo se reduce a las migajas del cansancio.

Y entonces, tarde o temprano, llega la tercera etapa: la jubilación.

Tras una corta luna de miel que sabe a vacaciones eternas, la realidad cae como un yunque. De golpe, nos encontramos con una cantidad insólita de tiempo a nuestra disposición. Podemos hacer con él lo que se nos antoje. Sin embargo, el relato cultural vigente —ese que muchos compran sin cuestionar— nos condiciona a catalogarlo como tiempo ocioso. Nos dicen que tenemos “tiempo para perder” o, peor todavía, que hay que “matar el tiempo”.

Convertirse en millonarios sin darnos cuenta

Nos enseñaron a ver la jubilación como el final de la pista, cuando en realidad pasamos a ser, por definición, millonarios. El tiempo es el recurso más valioso que existe y, después de haberlo tenido siempre encorsetado y precodificado por las urgencias ajenas, lo regalamos como si sobrara.

Por eso la salida de mi libro no es solo la concreción de un proyecto personal; es la prueba tangible de que otra postura es posible. No es teoría ni retórica vacía.

No pretendo venir a dictar cómo hay que vivir. Nada más alejado a mi intención. Pero sí creo que vale la pena sacudir un poco el tablero. Todos los jubilados deberíamos hacernos una pregunta incómoda: ¿qué carajo queremos hacer con el tiempo que nos queda?

Si alguien decide que, tras una vida entera de trabajo, su máxima aspiración es sentarse a consumir maratones de series frente al televisor hasta que baje el telón, lo respeto y lo aplaudo. Lo que me resulta inadmisible es asumir que esa es la única opción disponible.

Siempre cargamos con algún sueño postergado en el fondo del ropero. Tal vez sea el momento de sacarlo a ventilar. No hablo de volverse astronauta ni de romper récords mundiales. Hablo de objetivos auténticos, grandes o chicos, que a cada uno le den un propósito y una razón para levantarse con ganas. En mi caso fue la escritura; en el tuyo será otra cosa.

La realidad no viene sin fricción

Quiero ser honesto y no vender espejitos de colores. Si alguien te dice que salir de la zona de confort a los sesenta y pico es fácil y que solo requiere "actitud positiva", te está mintiendo. La relación entre los fracasos y las conquistas suele ser descaradamente adversa.

Pero ahí es donde entra en juego la resiliencia real. Aprender del error, masticar la bronca y seguir andando. El capital más valioso que tenemos es este rato de vida que nos queda, e invertirlo en lo que nos gusta le devuelve el sentido a los días. Al final del recorrido, uno comprende que lo más satisfactorio no es colgarse la medalla en la meta, sino el trayecto, las risas y los tropiezos que costó llegar hasta ahí.

No debe haber nada más desolador que abrir los ojos a la mañana y preguntarse: ¿Cómo diablos paso este día anodino sintiéndome un mueble viejo o una carga para los demás?

En la vereda de enfrente está la libertad: despertarse sabiendo que hoy vas a hacer esto o aquello, a la hora que quieras, como puedas. Plantearse pequeños retos cotidianos sin la neurosis de la perfección, disfrutando el simple hecho de encararlos.

La felicidad no es un estado permanente; es una colección de instantes minúsculos. Y la capacidad de saborearlos depende pura y exclusivamente de nosotros. No aceptemos como "ley de vida" que jubilarse es sinónimo de matar el tiempo.

Queda mucho partido por jugar. El silbato final lo tocamos nosotros.

Esta historia es un ejemplo de los desafíos que abordamos constantemente en la vida: la lucha contra el ego, el peso de las decisiones difíciles y la necesidad de reconstruir para avanzar.

Si esta reflexión sobre la condición humana y la búsqueda de la autenticidad resonó contigo, te invito a adentrarte en mis libros.

En ¿Qué harías? encontrarás catorce historias reales (ficcionadas) donde la resiliencia es la única respuesta ante decisiones que ponen a prueba nuestra esencia. Y en Mi viaje resiliente +60, el relato en primera persona de cómo transformar una pausa obligada en un nuevo propósito.

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