Entre el deber ser y la libertad: El adiós por WhatsApp

"Renunciar por WhatsApp": ¿inconsciencia o libertad? Un viaje personal desde la indignación generacional hasta la comprensión de que, a veces, la verdadera resiliencia es saber cuándo decir adiós.

Alejandro Borges

6/17/20263 min read

man looking down on his phone
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Entre el deber ser y la libertad: El adiós por WhatsApp


Durante décadas, nuestro modelo de vida laboral estaba tallado en piedra. La meta, compartida por casi todos los que crecimos en el siglo pasado, era clara: entrar a una empresa prestigiosa, empezar desde abajo —quizás como cadete—, escalar con esfuerzo, ganar un lugar de respeto y, tras años de lealtad, jubilarse en esa misma estructura. La empresa no era solo el lugar donde ganábamos el sustento; era, casi literalmente, nuestra segunda casa. El buen trabajador se medía por su permanencia, su formalidad y su capacidad de postergar deseos personales en favor de la estabilidad.

Hace unos pocos años -antes de mi retiro-, un hecho concreto me obligó a chocar de frente con esta realidad que yo daba por sentada. En la empresa donde trabajaba, entró un muchacho joven. Para nosotros, pertenecer a ese lugar era un privilegio que se cuidaba con uñas y dientes; era un peldaño que había costado años alcanzar. Sin embargo, la perspectiva de este joven era otra. El viernes, con total naturalidad, comentó que tenía un viaje a Río de Janeiro con amigos. El lunes no apareció. El martes, el silencio fue la única respuesta. El miércoles, llegó la resolución: un mensaje de WhatsApp breve, casi fugaz, renunciando. El motivo era simple: Río era más lindo de lo que pensaba y había decidido quedarse más tiempo.


Indignación o envidia

Mi reacción inicial, cargada de los reflejos de mi generación, fue de indignación. ¿Cómo podía ser tan irresponsable? ¿Dónde quedó la formalidad, el agradecimiento y el dar la cara ante una oportunidad que tantos habrían deseado? Para nosotros, presentar una renuncia era un ritual que exigía papeles, tiempo y una cuota de pudor.

Pero, después de masticar el episodio, la indignación dio paso a otra cosa. Me sorprendió sentir una punzada de envidia.

Envidia de esa libertad radical, de esa capacidad de ser genuino sin cargar con el peso de lo “políticamente correcto”. Ese joven no tuvo miedo de priorizar su momento, su deseo de disfrutar la vida justo ahora que todavía no tenía las responsabilidades que, más tarde o más temprano, nos terminan atando al mástil de la rutina.


Cuestionar la obediencia


Tal vez no se trata de validar el abandono, sino de cuestionar nuestra propia obediencia. A veces, deberíamos preguntarnos si lo que hacemos lo hacemos porque realmente lo sentimos, o porque simplemente asumimos que “así es como deben hacerse las cosas”. Ese gurí, con su WhatsApp, me enseñó que la lealtad absoluta a un modelo laboral ya no es la única forma de caminar por la vida. Y aunque su método fue disruptivo, lo que generó su accionar fue una pregunta que quedó flotando en el aire: ¿qué estamos sacrificando en nombre de una formalidad que quizás ya no nos pertenece?

Tal vez, la verdadera resiliencia no sea solo aguantar, sino tener el coraje de elegir dónde y cómo queremos estar.

Esta historia es un ejemplo de los desafíos que abordamos constantemente en la vida: la lucha contra el ego, el peso de las decisiones difíciles y la necesidad de reconstruir para avanzar.

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En él, profundizo a través de catorce historias reales (ficcionadas para proteger la identidad de los protagonistas), donde la resiliencia es la única respuesta para avanzar cuando toca enfrentar decisiones que ponen a prueba nuestra esencia.

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