Insignificantes
Todos somos prescindibles, incluso los que se creen intocables. Mientras Guzmán duerme con la satisfacción del poder, una guerra microscópica se desata bajo su piel. Una historia sobre lo insignificante, la justicia del azar y cómo un simple gesto puede ser, al mismo tiempo, una victoria y una sentencia.
Alejandro Borges
4/8/20263 min read
Insignificantes
—Mañana a primera hora quiero el reporte sobre mi escritorio, Martínez. Y no acepto excusas sobre la falta de personal. Todos somos prescindibles, ¿entiende? Y usted está en esa lista.
Guzmán no esperó la respuesta. Se ajustó el nudo de la corbata frente al espejo del ascensor y se regaló una sonrisa de suficiencia. Le gustaba el peso de su propia voz, la forma en que el silencio se instalaba en la oficina cuando él caminaba. Al salir al estacionamiento, el aire frío de la tarde muriendo le pareció un tributo a su importancia. Manejó su camioneta de alta gama sorteando el tráfico con la desidia del que se sabe dueño de la calle.
Llegó a su casa, un bloque de cemento y vidrio que gritaba éxito. Cenó un bife casi crudo, masticando con una parsimonia mecánica mientras miraba un noticiero que hablaba de guerras lejanas. Todo le parecía remoto, pequeño, ajeno a su órbita de control. Se sirvió un whisky, se desnudó frente a la ventana y se metió en la cama, dejando que el aire acondicionado mantuviera el mundo a la temperatura exacta de sus deseos. Apagó la luz. La oscuridad era su último refugio de poder.
A pocos metros de allí, el asesino terminaba de verificar su equipamiento.
Había pasado horas en una vigilia estática, estudiando el mapa de calor que emanaba de la cama. El objetivo era una masa de valles de sábanas blancas y colinas de carne que roncaban con un ritmo telúrico. No era una cuestión de justicia; era una misión de precisión quirúrgica. Verificó la presión atmosférica, el flujo del aire acondicionado que soplaba como un viento de estepa, y ajustó su frecuencia.
Inició la aproximación final con máximo sigilo. No hubo ruido, solo una vibración en una frecuencia que el objetivo era incapaz de procesar. Se mantuvo en las sombras sabiéndose en territorio enemigo. El mayor terrorista del planeta Tierra estaba allí, vulnerable, entregado al sueño de los justos.
Eligió la zona detrás de la oreja izquierda, donde la piel se vuelve fina y los ríos de vida corren a flor de piel.
Se puso en posición con la ligereza de una ceniza. El otro ser ni siquiera cambió el ritmo de su respiración. Extrajo su lanza de aleación orgánica, fina como un suspiro de seda, y la hundió con la frialdad de quien ejecuta una sentencia largamente meditada. Sintió el botín cálido y espeso empezar a llenar sus depósitos. En ese instante de succión, de conexión íntima y letal, se supo el dueño de la cima. El mayor verdugo.
Entonces, el universo de Guzmán se plegó sobre sí mismo.
No hubo tiempo para el miedo. Un trueno seco, un aplauso único y brutal de su mano contra su propia nuca, redujo al atacante a una mancha de hierro y residuo sobre la almohada de hilo egipcio.
Guzmán se dio una doble rascada distraída sin abrir los ojos. —Maldito bicho —murmuró, y se volvió a dormir con la satisfacción del que cree haber vencido a la nada.
Tras la rutina de la mañana siguiente, durante el desayuno, Guzmán se sintió poderoso. Martínez, ojeroso, le entregó el reporte y él lo firmó con un trazo enérgico. Siguió con su vida circular, ignorando que por su corriente sanguínea ya transitaba el testamento de lo minúsculo.
Mientras caminaba hacia una reunión donde decidiría el destino de diez empleados, no notó que el sol le molestaba más de lo habitual. Ignoraba que el atacante que liquidó con un gesto, antes de ser aplastado, le había dejado un regalo invisible bajo la piel. Un código genético ajeno que ya estaba colonizando sus órganos, un ejército microscópico que no aceptaría reportes ni excusas.
Esta historia es un ejemplo de los desafíos que abordamos constantemente en la vida: la lucha contra el ego, el peso de las decisiones difíciles y la necesidad de reconstruir para avanzar.
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En él, profundizo a través de catorce historias reales (ficcionadas para proteger la identidad de los protagonistas), donde la resiliencia es la única respuesta para avanzar cuando toca enfrentar decisiones que ponen a prueba nuestra esencia.
