La costura del hombro

A veces, lo que llamamos "un nudo de estrés" es en realidad algo que está tratando de nacer. Pasamos años apretando los dientes, intentando que el "saco" nos caiga recto como al resto del mundo, hasta que la costura cede. ¿Qué pasa cuando dejamos de pelear contra nuestra propia naturaleza? Esta semana les comparto un cuento sobre el peso del mundo y el alivio de dejar de parpadear.

Alejandro Borges

2/27/20263 min read

La silla del bar era de madera rígida y el respaldo golpeaba justo donde el nudo dolía más. Pedí un café amargo. El mozo me miró el hombro izquierdo, pero no dijo nada. Nadie dice nada al principio.

En casa, me quité el saco frente al espejo del baño. La tela estaba tirante, deformada por esa presión constante que no cedía con masajes ni con pomadas de diclofenac. El bulto seguía ahí, vivo, latiendo bajo la piel como un corazón extra que se hubiera equivocado de sitio.

Llamé a la puerta de la sastrería de la calle Rivera. El viejo sastre, un hombre que parecía hecho de tiza y humo, me hizo pasar.

—Se está abriendo la costura —dije.”

Él se puso los anteojos y me rodeó. Sentí sus dedos fríos sobre el bulto. No se inmutó.

—Es mucha presión para el lino —dijo él—. Usted necesita más espacio.

—No quiero más espacio —dije—. Quiero que se vea normal. Que el saco caiga recto. Como el de todo el mundo.

El sastre suspiró. Tomó la cinta métrica.

—Lo que usted quiere y lo que su cuerpo pide son cosas distintas —dijo—. Puedo ponerle un refuerzo interno, pero va a terminar rompiendo el forro. Esa estructura tiene fuerza.

—Es solo un problema de postura —mentí.

Él me miró a los ojos a través de sus lentes gruesos.

—Si fuera postura, usted estaría encorvado. Pero usted está haciendo fuerza para no elevarse.

Me puse la camisa rápido. El roce de la tela contra la zona sensible me provocó un escalofrío que me llegó hasta la punta de los dedos. El “nudo” se agitó bajo el omóplato. Era un movimiento sordo, un espasmo de algo que quería expandirse y se encontraba con el límite del algodón.

—¿Puede arreglarlo o no? —pregunté.

—Pase el lunes —dijo él—. Voy a dejarle una sisa holgada. Pero le advierto: el hilo tiene un límite.

Caminé de regreso. El aire de la tarde estaba denso. Sentía que el suelo tenía demasiada gravedad, como si la calle fuera un imán que me chupaba los zapatos hacia el asfalto. Me crucé con un vecino. Se quedó mirándome más tiempo de lo habitual, con los ojos fijos en la zona de mi omóplato, como quien trata de descifrar un error en un cuadro.

—¿Le pasó algo? —preguntó.

—No —dije—. ¿Por qué?

Dio un paso atrás, manteniendo la distancia.

—No sé. Camina como si estuviera a punto de saltar sobre alguien. O sobre algo.

—Es el cansancio —dije.

Seguí caminando. Al llegar a la esquina, un dolor agudo, como un tajo de vidrio caliente, me cruzó la espalda. Me apoyé contra una pared de ladrillos. El bulto empujó. Fue un segundo, un crujido de cartílago y algo más, algo que sonaba como el aire pasando a través de un abanico de seda.

Me quedé quieto. La gente pasaba a mi lado, apurada por llegar a algún lugar donde las cosas fueran normales. Miré mi reflejo en una vidriera. El saco estaba arruinado. La costura del hombro izquierdo había cedido y una punta grisácea, húmeda y afilada, asomaba por el desgarrón.

Entré en mi casa y cerré la puerta con tres vueltas de llave. No encendí la luz. Me senté en la cama, en la oscuridad, y sentí cómo el peso del mundo empezaba a volverse ridículo.

—Ya está —dije en voz alta.

El silencio de la casa fue la única respuesta. Me quité el saco roto y lo dejé en el suelo. Entonces, por primera vez en décadas, dejé de apretar los dientes. Me estiré. Hubo un ruido de liberación, un despliegue violento que llenó la habitación de un viento repentino.

Ya no me dolía la espalda. Pero ahora, el techo me parecía demasiado bajo.

La vida no se mide por la rectitud de nuestro saco, sino por la fuerza con la que nos atrevemos a desplegar lo que llevamos dentro.

Este relato es solo una pincelada de las historias intensas, reales y descarnadas que componen mi primer libro: "¿Qué harías? Historias reales, Decisiones difíciles Vol. 1".

Si te sentiste identificado con esa búsqueda de autenticidad, te invito a sumergirte en las otras 14 historias que invitan a la reflexión y a la acción.

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