La ilusión de la mano: ¿Quién abre realmente nuestras puertas?
¿Y si el éxito no fuera una cuestión de esfuerzo, sino de sincronía? A través de un gesto inocente de mi nieta, reflexiono sobre la arrogancia del control adulto y la liberación que surge al aceptar que no somos los dueños del mecanismo de la vida. Una historia sobre resiliencia, humildad y el "gesto Jedi" que todos necesitamos recuperar.
Alejandro Borges
2/4/20263 min read


A veces, la sabiduría no llega en los libros de filosofía ni en las grandes conferencias, sino en el cubículo metálico de un ascensor de shopping. Sucedió hace unos días. Estaba con mi nieta Bianca y, mientras descendíamos, ella se preparó para su gran acto. Con esa seriedad que solo los niños pueden fingir, levantó su pequeña mano frente a la puerta cerrada y, con un hilo de voz lleno de autoridad, ordenó: “Ábrete, puerta”.
Como si el universo estuviera esperando sus órdenes, la puerta se deslizó suavemente justo en ese instante. Un señor que nos acompañaba soltó una carcajada limpia y sonora. “Ojalá pudiéramos mantener esa inocencia siempre”, comenté yo, contagiado por la escena. Él asintió con un rastro de nostalgia: “Sí, es una pena perderla”.
Salimos al pasillo, pero la idea se quedó conmigo, rebotando en las paredes de mi mente mientras caminábamos. Me puse a pensar en nuestra supuesta superioridad de adultos. Nos reímos de la ingenuidad de un niño que cree tener poderes telequinéticos, pero, si nos quitamos la arrogancia de encima por un segundo… ¿cuántas veces nosotros, los adultos, estamos convencidos de que nuestro movimiento de mano es el que abre las puertas del mundo?
El sensor invisible
Muchas veces creemos que tenemos el control absoluto. Diseñamos planes de negocios, trazamos rutas de vida y movemos las manos con frenesí, convencidos de que la puerta cede ante nuestro esfuerzo personal. Nos adjudicamos el éxito como un triunfo de nuestra voluntad, ignorando los sensores invisibles que permiten que el mecanismo funcione: el azar, la oportunidad, la ayuda de otros o, simplemente, la vida operando en silencio.
Esa risa que compartí con el desconocido en el ascensor escondía una trampa. Reíamos porque “sabíamos la verdad” (que el sensor detectó la llegada a la planta baja), pero la realidad es que a menudo entendemos de la vida lo mismo que Bianca de la ingeniería de ascensores. Creemos que somos los magos, cuando solo somos pasajeros que aprendieron a sincronizar su gesto con el momento en que la puerta, de todos modos, se iba a abrir.
Mérito y conciencia
Enfatizo que esto no es restarle mérito a nuestra lucha. Como Escritor Resiliente, sé que hay que moverse, que hay que estar frente a la puerta y que hay que mover la mano. Pero la verdadera paz —esa que hoy me acompaña— nace de entender que no soy el dueño del mecanismo.
La resiliencia también es eso: tener la humildad de aceptar nuestra vulnerabilidad y entender que, a veces, la puerta se abre por razones que nuestra lógica de adultos no alcanza a procesar.
El experimento del día después
La reflexión me caló tan hondo que, al día siguiente estaba en el mismo ascensor. Esta vez solo. Al llegar a la planta baja, sentí un impulso irresistible. Con ese gesto absurdo que repetimos los adultos en casos como estos, miré a mi alrededor para asegurarme de que nadie me viera —esa vergüenza social que Bianca aún no conoce— y, justo antes que ocurriera, extendí mi mano y susurré: “Ábrete, puerta”.
La puerta se abrió.
Me sentí un poco como Ewan McGregor, el actor que dio vida Obi-Wan Kenobi (La Guerra de las Galaxias), quien confesó que, aun siendo adulto, no puede evitar hacer el gesto de "La Fuerza" cada vez que se enfrenta a una puerta automática. Si un Jedi de Hollywood necesita ese pequeño guiño de magia para conectar con la realidad, ¿quién soy yo para negarme ese placer?
Ahí, parado frente al espejo del ascensor, me reí de mí mismo. No era magia, pero se sentía como tal. En ese gesto ridículo para un hombre de 62 años, recuperé algo que el señor del día anterior creía perdido. No era solo inocencia; era la aceptación de que la vida es mucho más amable cuando dejamos de intentar controlarlo todo y simplemente nos permitimos jugar con las posibilidades.
Al final del día, todos estamos frente a puertas que parecen infranqueables. El secreto no es ser un ingeniero experto en sensores, sino tener la fe de Bianca para mover la mano y la experiencia de un abuelo para agradecer que, una vez más, el camino se ha despejado.
Esta historia es un ejemplo de los desafíos que abordamos constantemente en la vida: la lucha contra el ego, el peso de las decisiones difíciles y la necesidad de reconstruir para avanzar.
Si esta reflexión sobre la condición humana y la búsqueda de la autenticidad resonó contigo, te invito a adentrarte en mi primer libro.
En él, profundizo a través de catorce historias reales (ficcionadas para proteger la identidad de los protagonistas), donde la resiliencia es la única respuesta para avanzar cuando toca enfrentar decisiones que ponen a prueba nuestra esencia.
