Las verdades

¿Se puede correr tan rápido como para ganarle al almanaque? Un café entre amigas de la juventud desata un choque sutil pero feroz sobre cómo gastar las tardes que nos quedan: si refugiarse en la quietud de la tribuna o seguir pedaleando contra el viento, sosteniendo el manubrio con terquedad.

Alejandro Borges

5/20/20264 min read

Las verdades

El vapor del té de tilo empañaba los lentes de lectura de Alicia, que descansaban sobre el mantel individual de mimbre. En el centro de la mesa ratona de la terraza de la confitería de turno, quedaba solo una empanada de copetín sobre la bandeja de loza.

—A mí la hidroterapia ligera me cambió la vida —dijo mansa, estirando la mano para acomodarse el saquito de hilo—. El agua tibia te saca esa sensación de apuro. A nuestra edad, chicas, el gran secreto es saber en qué gastar las tardes para que el día no se vuelva una llanura insoportable.

Marta asintió mientras miraba de reojo la pantalla de su teléfono celular, donde parpadeaba el cursor de un documento a medio editar. Sentía el zumbido del segundero del reloj de la pared como un ritmo que exigía movimiento. Al mirar a sus dos amigas de la juventud, las veía atrapadas en una luz de media tarde, tranquilas, como si hubieran alcanzado una orilla segura después de una larga tormenta.

—Hay que dejarse llevar —acotó Elena, sirviendo más agua caliente en las tazas—. Ya cumplimos con todo. Ahora toca mirar el partido desde la tribuna, sin estresarse por el resultado. Hay que aceptar el ritmo cansino de esta etapa y no complicarse la vida.

Alicia sonrió, tomó la última empanada de la bandeja y le dio un mordisco pequeño, masticando con una parsimonia estudiada.

—Qué miseria —comentó con la boca entreabierta, señalando con la taza hacia la vereda de enfrente—. Miren a esa mujer. Vive en mi edificio. Ahí la ven, jubilada y todavía corriendo atrás de un taxi a estas horas. No aprenden más a disfrutar de la paz. Tres empanadas le quedan de vida y las gasta corriendo.

Marta guardó el teléfono en el bolso. La frase quedó flotando entre el olor a tilo y la masa horneada. Observó los gestos de Alicia, la calma casi sagrada de Elena y luego miró sus propias manos, que todavía conservaban la urgencia de quien tiene un mapa nuevo por recorrer y diez destinos pendientes en la cabeza. Sintió el choque de percepciones y le vino a la mente la imagen de la desembocadura del Amazonas.

—Me tengo que ir —dijo Marta, levantándose y dejando unos billetes sobre la mesa—. Si no pedaleo un rato antes de que caiga el sol, siento que el día no empezó.

—Te vas a fundir el motor, mujer —le advirtió Elena desde la comodidad del sillón—. Hay que aflojar.

Marta se despidió con el afecto intacto de los años compartidos. Bajó las escaleras con una energía todavía afectada por el choque de trenes conceptual sobre la existencia. Al salir a la calle, el aire frío de la tarde le golpeó la cara con una fuerza limpia. Caminó hacia el estacionamiento a un par de cuadras. El semáforo la detuvo frente a la confitería. En la terraza, dos siluetas seguían sentadas, inmóviles y satisfechas, disfrutando de la quietud. Marta puso primera, aceleró hacia la avenida principal y apretó el volante con una sonrisa incómoda, apurada por llegar a ninguna parte.

Elena suspiró mientras servía el último resto de té.

—Pobre Marta —dijo sin malicia—. Se resiste. Cree que si corre lo suficiente, el almanaque no la va a alcanzar.

—Es que siempre fue así —respondió Alicia, acomodándose el saquito—. Da un poco de envidia verla con esa energía, pero me agota solo de mirarla. Se pierde de la paz que nos costó cuarenta años conseguir. Una lástima que no quiera sentarse a disfrutar del solcito antes de que se guarde.

—Y sí —asintió Elena—, hay que saber cuándo soltar el remo.

El viento de la rambla le pegaba de frente. Marta pedaleaba con la espalda firme, manteniendo el ritmo. De pronto, un zumbido de gomas finas y un murmullo de risas la envolvieron. Dos chicas la pasaron por la izquierda con una liviandad natural; subían el repecho hablando, sin que el pecho se les moviera, como si la gravedad no existiera para ellas.

Marta intentó sostenerles el paso un segundo, pero un pinchazo agudo en la rodilla la obligó a aflojar. Sintió el latido de su propio corazón, fuerte y terco, en los oídos. Se quedó mirando las siluetas de las jóvenes que se alejaban bajo la luz naranja del atardecer hasta que se perdieron de vista. Entonces, volvió a apretar el manubrio, acomodó el cuerpo al dolor de la pierna y siguió pedaleando en silencio, mientras la sombra del edificio de enfrente empezaba a estirarse sobre el asfalto.

¿Es tiempo de soltar el remo o de apretar el paso?

Lograr la paz después de décadas de tormentas es, para muchos, la meta definitiva de la madurez. Sentarse a mirar el partido desde la tribuna, aceptar un ritmo cansino y disfrutar de la quietud ganada parece la decisión más sensata. Sin embargo, ¿qué pasa cuando el cuerpo o la mente se resisten a la inercia? ¿Qué sucede cuando la urgencia de movimiento y el deseo de recorrer nuevos mapas siguen latiendo con la misma fuerza que en la juventud?

En este nuevo relato breve, nos asomamos a una terraza de confitería donde el vapor del té de tilo y las empanadas de copetín sirven de escenario para un choque conceptual sobre la existencia. A través de una mirada realista y despojada de adornos, exploramos la tensión entre quienes eligen refugiarse en una calma casi sagrada y quienes, a pesar del aire frío en la cara y las advertencias del almanaque, deciden salir a pedalear la rambla con la espalda firme.

Una historia sobre las distintas formas de transitar el paso del tiempo, el valor de la resistencia y esa incómoda sonrisa de quien sabe que, tarde o temprano, la sombra de los edificios terminará por estirarse sobre el asfalto.

Esta historia es un ejemplo de los desafíos que abordamos constantemente en la vida: la lucha contra el ego, el peso de las decisiones difíciles y la necesidad de reconstruir para avanzar.

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