Los 30 centímetros más largos del mundo
Después de haber caminado por el borde del precipicio, descubrí que la distancia más difícil de cruzar es la que nos lleva una vida entera recorrer: la que separa nuestra cabeza de nuestro corazón. ¿Te animás a mirar de cerca esos 30 centímetros? En mi nuevo artículo, te cuento por qué la autenticidad es el lujo que no podemos seguir postergando.
Alejandro Borges
1/21/20263 min read


A menudo pensamos que las grandes distancias se miden en kilómetros o en años luz. Pero después de haber caminado por el borde del precipicio, descubrí que la distancia más difícil de cruzar es la que separa mi cabeza de mi corazón. Son apenas 30 centímetros, pero a veces nos lleva una vida entera recorrerlos.
Durante décadas, mi cabeza fue la capitana. Ella sabía de reglas sociales, de lo políticamente correcto, de cumplir con las expectativas ajenas y de ese "qué dirán" que funciona como una anestesia silenciosa. Vivía en la zona de confort de lo aceptable, postergándome siempre en favor de los demás, convencido de que eso era lo correcto.
El despertar de la urgencia
No voy a decir que empecé una vida nueva después del infarto, pero sí que cambié los lentes con los que la miro. Hoy, munido de una libertad que he sabido construir —y que me permite no tener que correr detrás de la urgencia económica o las cargas familiares—, he tomado una decisión radical: ser auténtico.
Aprendí que decir "no" no es un acto de guerra, sino un pacto de paz conmigo mismo. He descubierto que ser "más egoísta" —en el sentido más noble de la palabra— es, en realidad, un acto de preservación. Si mi motor no funciona, no puedo llevar a nadie a ningún lado.
Para que se entienda de qué hablo, les pongo un ejemplo doméstico. Hace unos días se rompió el monocomando de mi ducha. Compré uno nuevo y traté de cambiarlo (sobra decir que no soy un experto en estos menesteres). Tras cinco horas de esfuerzo y fracasos, la frustración empezaba a ganarme. Antes, me hubiera enfrascado en el problema hasta el agotamiento. Pero esta vez me dije: no.
Cuando sentí que mi tabla de surf viajaba en la cresta de la ola del fracaso, decidí hacer un alto. Cerré la llave de paso y me fui a descansar. Al día siguiente, con la mente fresca, no solo logré la reparación con éxito, sino que, ya que estaba, aproveché y pinté el baño. Haber sabido decirle "no" a la angustiante inmediatez de solucionar el problema "cuanto antes", me dio un premio doble: el agua funcionando y un espacio renovado.
El néctar de la autenticidad
Yuxtaponer lo que siento con lo que hago es un néctar sabroso, un lujo que se bebe en sorbos pequeños pero intensos. Se trata de dejar de estar en lugares que me incomodan y de dejar de sostener situaciones que me desgastan. No es falta de empatía; es exceso de honestidad.
Aceptamos lo que nos pasa como "cosa juzgada", como si no tuviéramos voz ni voto en nuestra propia agenda. Nos instalamos en una rutina que nos anestesia los deseos hasta que un día, un susto o una epifanía nos recuerda que el reloj no se detiene.
Una invitación (sin compromiso)
Como nunca me aburriré de aclarar, esto no se trata de dar lecciones de vida. Solo quiero dejarte una pregunta para que te la lleves a la almohada. Entre todas las acciones que hiciste hoy, entre todas las palabras que dijiste y los lugares que visitaste:
¿Cuándo fue la última vez que hiciste algo pura y exclusivamente pensando en vos?
Si tu respuesta es "siempre", entonces este mensaje no es para vos y te envidio (con respeto). Pero si sos de los que, como yo, pasaron años poniéndose al final de la fila, recordá esto: ser auténtico es la única forma de caminar esos 30 centímetros y, por fin, habitar tu propio cuerpo.
Esta historia es un ejemplo de los desafíos que abordamos constantemente en la vida: la lucha contra el ego, el peso de las decisiones difíciles y la necesidad de reconstruir para avanzar.
Si esta reflexión sobre la condición humana y la búsqueda de la autenticidad resonó contigo, te invito a adentrarte en mi primer libro.
En él, profundizo a través de catorce historias reales (ficcionadas para proteger la identidad de los protagonistas), donde la resiliencia es la única respuesta para avanzar cuando toca enfrentar decisiones que ponen a prueba nuestra esencia.
